La muerte nos abraza
desde el primer día de nuestra concepción, suspira y se frota las manos
esperando aquel súbito momento en el que nos veamos las caras. Se dice que
algunos han logrado esquivar esa fría mirada, otros creen que simplemente no “les
tocaba”.
Durante miles de siglos,
el hombre se ha atormentado pensando en la muerte; los adagios celtas solían
decir que cuando te despiertas a la mitad de la noche sin razón aparente, no es
más que la visita de los “mensajeros del más allá", burlándose, jugando con tu
sueño, susurrándote al oído la fecha y hora de tu final; pocos son capaces de lograr escuchar.
Todas las civilizaciones
antiguas veneraban la “post-vida”, preparaban los cuerpos de sus seres queridos
e incluso encaminaban y disponían sus almas para el paso por el inframundo.
En la actualidad, aún
continuamos ciertas tradiciones dependiendo nuestro culto, cultura o creencia;
desafortunadamente todas estas ceremonias suceden ya con los cuerpos inertes y
los deudos sufriendo por no haber podido despedirse. No todos tienen la
oportunidad de decir adiós, no todos son capaces de asimilar su final y vemos
la muerte como una etapa de sufrimiento.
Cada segundo, cada
inhalación de oxígeno nos acerca más a la muerte, es un hecho, está implícito
en el ciclo de nuestra existencia; lo único que podemos asegurar al momento de
nacer: es que algún día nos tocará perecer… No es fácil digerirlo, a la mayoría
ni siquiera nos gusta imaginarlo, es algo que provoca temor, ese típico miedo a
lo desconocido, más que dejar este mundo, lo que no aflige es no conocer que
nos espera “cuando se baje el telón”.
Precisamente así es como
funciona esto; de morir por vivir y no de vivir por morir. La Vida nos pide a gritos el
saborear cada comida como si fuera la última, besar como si nunca volviéramos a
hacerlo, divertirnos con lo sublime que significa estar aquí, dejar a un lado
los rencores, odios y sentimientos que puedan ocupar algún espacio en tu mente
que no sean indispensables para disfrutar cada uno de tus segundos como sí
fueran los últimos. Es momento de hacer una pausa en nuestro andar, levantar la
mirada, asumir que la muerte nos sigue el paso y qué algún día nos va alcanzar;
¿Qué harías hoy, si supieras que mañana no despertarás?
Ya es tiempo de
disponernos a amar la vida, agotar cada reserva de energía en cosas positivas,
llenar nuestro hogar de ideas y acciones que iluminen nuestro camino… Ese
camino que a todos, absolutamente a todos, nos llevará al mismo destino, con
esa gran ilusión que representa dejar un legado; por que en este mundo, por esos
mágicos momentos que regalamos, es como por siempre seremos recordados.
“Vivamos la muerte cada jornada, o moriremos en vida todos nuestros días”
Saludos de su amigo:
El perro Arrepentido...

No hay comentarios.:
Publicar un comentario